‘Jack Reacher, nunca vuelvas atrás’: el cine y la próstata

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Al lado de los manuales de instrucciones del lavavajillas, las traducciones automáticas de Google o las notas que los porteros colocan en los portales figuran, sin duda, los libros de Lee Child. Es literatura, por así decirlo, escrita más que con las tripas, que también, con la próstata. Su héroe, Jack Reacher, busca lectores con el mismo gesto desesperado con el que Trump utiliza la laca. Sin embargo, la traducción en pantalla de las aventuras de este lobo justiciero y solitario que sólo viaja con su cepillo de dientes y su testosterona es otra cosa. Tanto Christopher McQuarrie en la primera entrega como Edward Zwick en Jack Reacher: nunca vuelvas atrásoptan por suavizar el gesto al protagonista, por buscar al personaje al que da vida Tom Cruise un cierto aire melancólico.

Entre el populismo argumental y el simple disparate hormonal, lo que sigue es una rutinaria procesión de soporíferas bofetadas

El exmilitar se ve de golpe en el medio de una tremenda conspiración gracias a la cual unos altos mandos del ejército sin escrúpulos se lucran a costa de la esforzada muchachada. Y así, entre el populismo argumental y el simple disparate hormonal, lo que sigue es una rutinaria procesión de bofetadas tan reaccionariamente inocentes que dan en soporíferas. El problema es que el material de base es tan ridículo y poco convincente que saltan las costuras en cada plano. Se trata de cine tan calculadamente intrascendente, con un Tom Cruise tan al límite de sus fuerzas, de su carrera y de las existencias mundiales de bótox, que desde el primer plano uno cobra consciencia de que cuanto antes acabe la película antes se va al baño. Lo dicho, debe de ser la próstata.

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